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El 7 de diciembre de 2007 quedaba libre el empresario Omar Chabán, implicado en la tragedia de la discoteca Cromañón donde el 30 de diciembre de 2004 murieron cerca de 200 personas. Dijo que él terminó pagando el pato por todos.
En realidad siempre hay algún chabón... perdón, algún Chabán que paga el pato, sólo que en este caso varios lo hicieron, y entre ellos el Jefe de Gobierno Ibarra, destituido de su cargo, más algunos otros funcionarios de quienes no se tuvo más noticia.
La magnitud de la tragedia y la presión popular obligaron a las autoridades a buscar varias cabezas de turco, entre las que se contó al hombre de Cromañón, con perdón del auténtico primer homo Sapiens que nada sabía de discotecas y bengalas.
Sin embargo, una buena cantidad de denuncias dirigidas contra los políticos no provienen de la presión popular sino de sus propios colegas, que las utilizan para desacreditarlos en vísperas de elecciones, para forzar su caída, o para construirse una imagen de buen político que denuncia todo lo malo.
Un ejemplo de lo último lo tenemos en cierta legisladora que, como no podía llamar la atención porque no tenía la silueta de Cristina K, saltó a la fama denunciando públicamente un chanchullo que finalmente parece haber quedado en la nada, pero que le sirvió para mostrarse como una dama con agallas y tan simpática ella que desde entonces comenzaron a llamarla cariñosamente Lilita.
No nos engañemos, entonces. Que en nuestro país se denuncie cada tanto a los políticos no significa nada, porque la denuncia no es tanto un recurso de la población para hacer justicia sino mas bien una maniobra destinada a la supervivencia del político más pícaro. La operación inversa, el encubrimiento, también está al servicio de la supervivencia del más corrupto.
Esporádicamente la gente o los fiscales de Estado hacen denuncias, pero el grueso de ellas corre por cuenta de los mismos políticos que se pasan la vida denunciándose y encubriéndose mutuamente, a imagen y semejanza de las bandas de narcotraficantes que se matan y se protegen entre ellos.
Esto es así porque en Argentina la corrupción no es un fenómeno aislado y controlable, como en algún otro país, sino una verdadera institución enquistada en los centros de poder. Pero también tiene su lado bueno porque el delito puede ser denunciado, sea quien fuese la parte acusadora.
Pablo Cazau. Diciembre 2007. http://miscelanea1948.blogspot.com
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